lunes, 22 de diciembre de 2014

El frío se me clavaba en los huesos, sentía como penetraba en mis entrañas, como un violador que te toma en sus brazos. Tienes ganas de huir, de dejar de sentir esa salpicadura de hielo sobre la piel, que te corta, que te daña. Cuando lo has perdido todo, cuando ya no te queda nada más que ese intenso frío intentas recordar todos aquellos momentos buenos que pasaste, aunque no fueron muchos.

No tengo dinero, necesito algo caliente, asique con la mano extendida, sentada en el suelo y con cara de pena pido algo de caridad a cada una de esas despreciables caras con expresión de repugnancia y desafío que pasan ante mí. Sintiendo un punzante dolor en la mano, notaba como cada uno de mis dedos se sumían en un frío pero cálido infierno, desvaneciéndose de mi cuerpo.

Un niño de cara regordeta y ojos brillantes, con un billete en la mano y una piruleta en la otra, me mira fijamente a los ojos; siento su alma recorriendo mi pecho; fué el único momento del día que sentí la calidez que tanto añoraba, pero pronto se desvanece; el niño se aleja cantando y sonriendo -maldito cabrón, si aún me quedasen fuerzas te mataría-. No esperaba que me diese el billete, ya nadie es tan generoso y menos un niño consentido, yo no lo fui y no lo merezco, pero al menos esperaba que me ofreciese la piruleta, algo dulce que llevarme a la boca, un simple caramelo con forma de corazón clavado en un palito de papel, parece mentira como algo así te puede sacar una sonrisa en los momentos dificiles.

La gente seguía pasando, nisiquiera me miraban, algunos se diganban a lanzarme miradas amenazadoras y despreciantes, como si fuese una bolsa de basura repleta de agujas con gotas de sangre impregnadas de sus propios excrementos. Antes era yo la que les miraba con desprecio, a la que temían y lloraban suplicando por un trozo de su propia mierda, pero las cosas han cambiado, ya no soy la que era.

Una mujer, de aspecto entrañable y robusta, me miró de arriba a abajo, notaba el latido de cada una de sus arrugas, de cada una de esas marcas de expresión de sabiduría. Habrá vivido tantas cosas que nisiquiera podrá recordar...
Mirándome fiijamente tomó mi mano y sacándose los guantes del bolsillo izquierdo de su abrigo de visón me los ofreció, sorprendida por tal muestra de caridad me asusté y restrocedí de mi propio asiento. La mujer se asustó, pero volvió a cogerme la mano, esta vez tan fuerte que sentía como los huesos de su fragil y arrugada mano rozaban los mios, tenía la mano tan caliente que me quemaba, con sus ojos llorosos, llenos de angustia y consuelo, me hizo sumirme en un sueño profundo de esperanza y alivio volvío a cederme sus guantes. Me levanté bruscamente y la miré fijamente con los ojos llenos de lágrimas me dijo con una voz suave y cálida que la acompañase a tomar un vaso de leche caliente, rompí a llorar, sentí como mi pecho se rescrebrajaba cuando sus brazos rodearon mi espalda,  su calor pasaba por cada una de mis costillas penetrando en mi frígido corazón.

No merecía esto, nunca me había portado bien con nadie, pero este gesto de caridad incondicional me hizo recordar a mi generoso padre.

Me crie en una familia un poco peculiar, mi padre, sumido ya en las garras del infierno, me robó al poquito de nacer;